
o tu médico alemán
bla bla bla
El otro día, después de mi trabajo en el bar, salí con Angie por Palermo y conocí a un alemán. De alemán no tenía nada, salvo el acento. Morocho. Profundos ojos negros. Cuerpo perfecto. Alto. De espalda ancha. Simpático. Un hombre hermoso. Pero convengamos algo: podría haber nacido en San Telmo o Ituzaingó. De alemán no tenía nada. Parecía un pibe de barrio. Con mucho esfuerzo me contó que le faltaba una materia para recibirse de médico y que antes de llegar a Buenos Aires estuvo salvando vidas en África. También me dijo que nació en un pueblo chico de calles angostas, muy mediaveles, que a cualquier porteño de noche le erizaría la piel. Por los vámpiros- le contesté, como si tuviera alguna lógica. Él se rió. Ahí me di cuenta que yo le gustaba.
Angie hasta fantaseó que por ahí me enamoraba y me iba a vivir a Berlín. Yo no fantaseé tanto pero la verdad que el alemán me gustaba y le dejé mi celular.
Al otro día me despertó un sms:
SMS MEDICO ALEMAN
¿Llegar bien a tu casa, che? Yo re bien. ¿Vos quieres que te llame para hacer un plan?
(No sé por qué los extranjeros enseguida dicen che y boludo todo el tiempo).
Le contesté que sí, por supuesto.
Me invitó a un lugar de comida mexicana. Comer comida mexicana con un alemán. Sentí que finalmente me había llegado la globalización.
Pero la cita fue un fracaso. Y la arruiné yo.
Estoy convencida de que Matías es una plaga, una maldición, una abominación del Apocalipsis. Me lo encontré otra vez de casualidad cuando estaba por tomar el tren para ir hacia el alemán de mis sueños. Me puso mal.
Ahí estaba con el alemán adelante mío, que trataba de superar las barreras idiomáticas con su simpatía, y yo, con la cabeza apoyada en contra la ventana, mirando hacia afuera.
MEDICO ALEMAN:
- ¿Te pasa algo, boluda?
PAULA:
- Mí no pasar nada.
Terminamos de comer y el alemán, que seguro que se aburrió mucho, se tomó un taxi. Fue muy cortés. Lástima que yo estaba en otra. Pensaba en alguien más. Al otro día me volvió a mandar un mensaje que contesté sin entusiasmo. No volvió a escribir. Pero esa noche me volví a mi casa, sola, y es tan terrible volver sola a veces.
¿Será posible que Matías arruine todos mis planes con sus apariciones azarosas?
No sé bien que fue lo que me dio tanta tristeza de la situación de encontrarlo a Matías. Ni en mi adolescencia, cuando vivía en un pueblo chico, me encontraba tanto con alguien de casualidad. Pero no era por eso la tristeza. Creo que sentí, muy dentro de mí, que esa era la última vez que lo veía.
¿Y si en realidad me gustaba? ¿Y si sentía algo al final? Me acordé de la película “El amante”. No sé si la vieron. Me sentí así. Como esa joven de quince años que en el medio del océano descubre un sentimiento que tal vez tenía por alguien que trataba con indiferencia. Y el océano es tan oscuro. Es tan inconmensurable. ¿Y yo? ¿Y él? ¿Y yo?
¿Y él?
Nos encontramos de casualidad en la estación. Yo lo chisté y él se dio vuelta.
Matías:
- Hola, Pau.
Paula:
- Hola.
Matías:
- ¿Me acompañás a sacar el boleto?
Cuando llegó el tren, nos subimos y nos quedamos parados aunque había asientos libres. Hablamos de cualquier cosa como si nada. Yo me bajé. El siguió. Cuando me bajé abrió un libro y bajó la mirada.
La última vez que lo vi a mi ex fue igual. En el tren. El bajó. Yo seguí. Ni miré cuando se bajó.
Siento que los rieles atrapan uno a uno mis amores y delante de mis ojos se los embulle.
Estoy convencida de que inevitablemente un día voy a conocer al hombre que se baje conmigo en la misma estación. Pero hay días que me desespera no saber cuándo
vamos a tomar el mismo tren.
Seguir leyendo acá.